Una vez mas publicando contenido del blog de mi amigo Manuel Eduardo.
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Debo admitir que vengo siendo como una fan de él, la número UNO me hago
llamar, y pretendiendo compartir algo útil pues decidí entrar a su sitio
y se me ocurrió compartirles esta entrada que en lo personal me pareció
buenísima.
Ojalá opinen lo mismo que yo, lo comenten y lo compartan con sus amigos.
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-Hola. Soy un negro contando una historia. No de mi vida. De mi
marginación social. Verás, la cosa no es fácil cuando tienes color
diferente a los demás. Siendo negro, los blancos detestan mi presencia.
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Siempre he sido completamente negro (lógico, ¿no?), pero de niño los
otros niños no hacían caso a mi color y todos jugábamos siempre. Eso sí,
nunca estaba de más el que preguntaba, ¿Por qué eres negro y no blanco
como yo? Siempre les respondía con juegos. Ah, porque me quemé de más.
Esos ratos eran los que hacían que quizá fuera divertido.
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Pero la cosa no cambiaba. Seguía siendo negro. Cuando creí que no había
diferencia, cuando creí que los blancos habían liberado a las personas
como yo del racismo al que nos mantenían subordinados desde hacía ya
mucho tiempo, las cosas empezaron a empeorar. Cuando entré en la
educación secundaria, los compañeros blancos me excluían, todo por ser
negro. Me miraban como un vicho extraño, miraban profundamente mi piel
antes de si quiera pensarse en sentarse a mi lado para comer el
almuerzo. Mamá decía que no me importara, ella sostenía que detrás de mi
piel oscura, todos somos blancos.
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Estuve en una secundaria de blancos. No tuve otra opción. Los negros
como yo estamos sentenciados a pasar nuestras vidas escuchando como los
blancos perfectos se ríen y hacen bromas utilizando nuestra piel oscura.
Cosa no diferente sucedió en otras partes.
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Poco después conocí un amigo de verdad. Dudé mucho, él nunca se molestó
en sentarse a mi lado para desayunar en la secundaria. Jamás me hizo
gestos por ver mi piel negra, siempre hablamos como buenos amigos, como
si de los blancos que no existen se tratara, de aquellos que pregonan el
racismo como una clase de marginación social que aún no pueden
erradicar, y dudo que lo harán algún día.
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Efectivamente, mi amigo jamás se quejaba de mi color de piel porque él
era ciego. No me importó. No podía discriminarlo. No debía hacerlo.
¿Quién soy yo para juzgar a una persona por lo que la vida le impuso? La
respuesta es nadie. Así como nadie es alguien para juzgarme a mí por ser
negro.
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Hicimos buena amistad, fue a mi casa, yo a la suya y fue todo muy lindo.
Pero como todo lo que alguna vez inicia, nuestra amistad llegó a su fin
al terminar la secundaria. Él se mudaría de ciudad y no podríamos seguir
en contacto. Total. Fue una amistad sincera. Casi la única que he tenido
desde ese entonces. Cuando yo me ponía triste y le reclamaba a la vida
por hacerme de este color. Él sonreía y me decía: –¿Qué color? ¡Si para
mí eres blanquísimo! ¡Siempre te he visto más blanco que todos los
otros! Me hacía mucha gracia. Cómo podía ser capaz de jugar con lo que
la vida le destinó para ser diferente. Sin duda aprendí mucho de él el
tiempo que nos veíamos todos los días.
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Pero se fue. Al igual que mis enseñanzas diarias de cómo sobrellevar la
marginación social. Me vi obligado a iniciar mis estudios de bachiller.
Pero no sin antes pasar por un sinfín de empleos. En algunos era visto
como un negro ejemplar en empleos de negros. En otros, aún faltaba
cultura por parte de mis jefes, quienes me veían como un esclavo africano.
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Por cuestiones de la vida, un empresario igualmente negro como yo me
terminó por dar el dinero suficiente para entrar en el bachillerato
perfecto. Ahí no había marginación. O eso creí. Pero la realidad es lo
mismo. En los pasillos los blancos me ven caminando solo por ser negro.
Clavan sus miradas sobre mí, como si pensaran que uno hará un acto o
algún malabar extraño. Me ven como un payaso, como esclavo, como negro,
como marginado, como petardo, como raro, como anormal, como fenómeno,
como extraño.
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Nunca me sentí más negro. En ese lugar contrasto más por mi color que
por mi actitud. Los profesores dicen que por ser negro no me debo
amedrentar, que los chavos están acostumbrados a tratar con los blancos,
¡pero eso no les da derecho a marginarme así! Sin embargo lo hacen todos
los días. Pero claro, ellos siempre dicen que no. Frente a todos dicen
que no y cuando estamos solos hacen distinciones por mi raza, hacen
comentarios despectivos, creen que no puedo verles mientras ingenuamente
piensan que se burlan de un negro que encima está sordo.
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No debo soñar con pertenecer al mundo de los blancos. El mundo de los
blancos es blanco. Yo no combino con ellos. Sin embargo me enamoré de
una blanca. La persona más blanca que yo he visto en mi vida. Es tan
blanca, que casi no puedo creer que sea una persona ordinaria. Tiene esa
piel tan pálida. Pero los blancos no la notan. No le dan su debida
importancia. Aunque si no lo hacen es porque ella no lo quiere así. Pues
con esa piel tan blanca y perfecta, sin manchas de ningún tipo,
cualquier mujer podría enamorar a quien sea. Incluso a un negro
marginado como yo que piensa que los negros solo debemos estar con las
negras, que los blancos hagan lo que deseen con sus mujeres blancas.
Lástima. Pienso que si yo no hubiera sido negro, tal vez, y solo tal
vez, podría acercarme a esa dama blanca sin tener el temor de ser rechazado.
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Ella me habla. Solo en veces, pero lo hace. Aún no sé si por lástima de
ver que nadie me dirige la palabra por ser negro o porque también sea
ciega, pero me habla, esa es razón suficiente para estar contento. Nunca
aspiraré a su cariño, pero no me importa. Solo me conformo con saber que
un negro marginado como yo puede entablar una conversación con una dama
tan, pero tan blanca, no puedo describir su blancura en este momento,
pero cualquier cosa blanca, pasando por las piezas de ajedrez, la leche,
las nubes en las caricaturas, las hojas de papel, las prendas de ropa,
hasta la luz misma, envidiaría, todo por la simple razón que todas las
cosas blancas que mencioné terminan por dejar de serlo, pero ella tiene
una blancura inmortal, invencible, que no se quita.
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Para finalizar, solo decir que me asqueo de la vida, no por ser negro en
sí mismo. Me dan asco los seres blancos. Aquellos blancos que te dicen
que no hay racismo, aquellos que te aseguran la inclusión en todas las
actividades en las que ellos participan mientras cobran salarios, ganan
impuestos y te obligan a ti, negro, a trabajar. Mamá siempre dijo que
detrás de la piel, todos somos blancos. Mamá. Nunca olvidaré sus
consejos; ni los de mi amigo ciego que decía que yo era blanco. Así
mismo, jamás olvidaré a la dama de la que me enamoré, si ella fuera
negra, si yo fuera blanco, tal vez yo no hubiera hecho caso de su color.
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Fuente: http://geekdotnet.misite.mx/blog/negro.html
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